Todos quieren ahorrar, casi nadie lo logra: la brecha entre intención y acción
Se habla del ahorro joven como si fuera una sola cosa, igual para todos. No lo es. Entre mujeres y hombres jóvenes hay una diferencia real en cómo ahorran, y no es casualidad ni falta de disciplina de un lado.
Las cifras son directas: las mujeres ahorran menos que los hombres en todos los niveles socioeconómicos, con una brecha de hasta 13.7 puntos porcentuales en los niveles medios-altos, y 6 de cada 10 mujeres tienen un ahorro que no alcanza ni una quincena de ingresos.
Detrás de eso no hay un tema de “ellas gastan más” —hay normas sociales que siguen colocando al hombre como proveedor principal, lo que se traduce en que ellos concentran más aportaciones formales de ahorro y retiro, mientras ellas cargan con más gastos inmediatos del hogar. No es diferencia de interés, es diferencia de quién controla qué parte del ingreso familiar.
Y aquí viene la parte curiosa: cuando se trata de mecanismos informales como la tanda, las mujeres jóvenes sobresalen. El hábito de ahorro ahí está, intacto —solo que canalizado por un camino que el sistema financiero formal no está viendo ni aprovechando.
Eso deja un mercado desatendido enfrente, no uno que hay que convencer desde cero: un producto pensado en esta brecha específica no tiene que enseñarle a nadie a ahorrar, solo tiene que reconocer un hábito que ya existe.
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